
De vez en cuando se viven experiencias que hacen reflexionar, y otras simplemente cambian tu vida para siempre. Este pasado fin de semana he podido vivir una de las primeras, que ha motivado crecer ese gusanillo que te lleva a desear una de las segundas, me explicaré.
Por motivos personales, el sábado estuve en la unidad de neonatología del hospital de la Vall d'Hebron. Allí los bebés prematuros luchan por salir adelante, y se pueden ver desde un pasillo acristalado, en sus incubadoras. Ellos allí, dando esa sensación de extrema fragilidad y cariño; mucho cariño se respiraba en el ambiente, los papás y mamás que no se separan de las urnas cristalinas y el mimo con que los cuidadores y cuidadoras tratan a los pequeños. Y no pude evitar la emoción que se siente ante una escena como aquella, y un gusanillo te recorre desde la punta de los pies a tu corazón. Me gustaría en primer lugar agradecer la labor de todas aquellas personas que transmiten a los progenitores y en especial a los bebés con tanta sensibilidad y cariño. Casualmente ayer domingo una pareja de amigos me comunicaron la noticia de su futura paternidad, y entre ambas experiencias no puedes evitar que surja tu instinto y desees vivir en primera persona la segunda experiencia que citaba al principio de esta nota, esa experiencia de ser padre o madre, que te madura y cambia tu vida para siempre.